Levanté el telefono y no aguanté el llanto al escuchar su voz, ni siquiera podía explicarle qué me pasaba porque ni yo lo sabía.
Tomé la mochila, dos manzanas, una botella de agua y dos yogures.
Llegué a la quinta sin ni un minuto de retraso -¡cómo nunca!- y ahí estabas esperándome en tu bicicleta.
Te abracé y pena ya no sentía, o por lo menos no tanta.
Me contaste lo preocupado que te tenía, que cuando me escuchaste no sabías que hacer y pensaste que me había pasado algo grave: "Se le murió alguien o tiene una enfermedad terrible".
-Estaba volao niqi, no sabía que hacer. Me puse a buscar que te podía regalar para subirte el ánimo y secar unos cogollos en el microondas fue lo único que se me ocurrió- dijiste. Reímos.
Reí y lloré, al mismo tiempo y me limpié de todo el miedo que tenía.
No recuerdo el camino a casa, solo la sensación de seguridad que me inundaba. La seguridad de que nunca se está tan solo después de todo.
Cada vez que deje de creer lo que soy me miraré en el espejo que me regalaste. Ahí siempre seré la más completa.
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